“Entre la cárcel y 12 horas en una fábrica, elegí estudiar”

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Sus dichos durante un almuerzo en el Rotary Club iniciaron una ola de repudios que todavía no baja. Toda la comunidad universitaria le respondió inmediatamente con cifras, informes, comunicados oficiales y videos que la desmintieron. “¿Es equidad que hayamos poblado la provincia de Buenos Aires de universidades públicas, cuando todos sabemos que nadie que nace en la pobreza llega a la universidad?”, se había preguntado María Eugenia Vidal, en una crítica a la política de creación de universidades públicas en la provincia de Buenos Aires, que ella gobierna desde 2015. La frase iba en línea con la tristemente célebre pregunta del presidente Mauricio Macri (“¿Qué es esto de universidades por todos lados?”). PáginaI12 conversó con estudiantes y graduados para rescatar las historias detrás de aquellos porcentajes y ratificar que sí, que la población de universidades públicas en el conurbano es equidad y que gracias a ellas muchos pobres dejaron de serlo.

Natalia Pérez tiene 39 años y hace dos que se recibió de instrumentadora quirúrgica en la Universidad Nacional Arturo Jauretche, ubicada en Florencio Varela, al sur del conurbano bonaerense. “Soy la primera universitaria de mi familia”, dice con voz suave. Cuenta que en su familia son cinco, que sus padres -ahora jubilados- trabajaron siempre y que uno de sus dos hermanos intentó estudiar arquitectura en una universidad privada pero “tuvo que abandonarla porque no la podía costear”. Natalia, además, tiene dos hijos que están por entrar en la universidad -”pública, obvio”, aclara- y está convencida de que “estudiar te da libertad, te abre la cabeza y te permite salir de la pobreza”. “Si no hubiera sido por esta universidad, yo seguiría viviendo en una caja de zapatos. La universidad me dio la posibilidad de conseguir un trabajo digno, alquilar una casa en el lugar donde siempre soñé y darle una vida a mis hijos que es totalmente distinta a la que teníamos”, asegura y agrega: “No sólo me ayudó que la universidad quede cerca y sea gratuita. Me becaron por tener mérito académico y me permitió costear muchas cosas, como libros, fotocopias y viáticos”, agrega.

Aunque se define como “apolítica”, las palabras de Natalia entrañan definiciones fuertes y claras. “Realmente me duelen las declaraciones de la gobernadora porque creo que todos tenemos derecho a acceder a la universidad y que estudiar te permite dejar de ser pobre”, afirma, e incorpora otros relatos en el suyo, las voces de muchas de sus compañeras que, como ella, “pudieron tener otra vida y cumplir sueños que parecían imposibles”.

En 2014, Leonardo Casado recibió el título que lo convirtió en museólogo de la Universidad Nacional de Avellaneda, tras haber cursado una tecnicatura en la Universidad Nacional de La Plata. Se convertía, así, en uno de los primeros graduados de esa casa de estudios -creada en 2011- y en parte del 77 por ciento de los egresados que conforman la primera generación de universitarios en sus familias. “Mi viejo no terminó cuarto grado de la primaria y empezó a laburar de chico, en un taller como zapatero. Después trabajó en fábricas hasta que lo echaron en los 90 y se jubiló”, cuenta el joven de 32 años, y agrega que su mamá, aunque quería ser enfermera, no terminó el secundario. De sus tres hermanos, sólo uno pudo terminarlo y acceder a la educación superior, que abandonó “en plena hiperinflación, porque la plata en casa no alcanzaba y había que parar la olla”, dice.

Caminar casi cuarenta cuadras diarias -”para ahorrarme el bondi”-, salir más de media hora antes de clase para alcanzar el último tren -”a las 22:12”, recuerda, como si esa hora le fuese a quedar grabada para siempre-, y articular la cursada con el trabajo en un museo de Berazategui. En esas acciones cotidianas se fueron diluyendo sus primeros tres años como estudiante en la UNLP. Más tarde ingresó en el Ciclo de Complementación Curricular de la UNDAV, que le permitió obtener el título de grado.

Como a muchos, a Leonardo le molestó el discurso de Vidal: “es determinista, fatalista y hasta apocalíptico: si naciste pobre vas a morir pobre y no hay posibilidad de ascenso social”, señala. “Claramente sus declaraciones están muy alejadas de la búsqueda de justicia social, de equidad e igualdad, y se contradicen con el discurso de la meritocracia que desde el gobierno sostienen. De alguna manera, saltó la ficha del doble discurso que manejan”, apunta. 

“Me parece fantástico que hayan brotado universidades por todos lados”, comenta, y explica que la UNDAV nació en un barrio popular y lo puso en movimiento, lo transformó. “Las carreras se crearon en torno a esa idea de enclave territorial: medio ambiente, cultura, ingenierías vinculadas con la producción, entre otras”, detalla, y considera que “la decisión estratégica de haber ubicado universidades en barrios con poblaciones sin acceso, fue una política clave de Estado para comenzar procesos de ascenso y movilidad social”. “Cuando empezaron a darse esas políticas de transformación, se empezó a ver un horizonte distinto para los sectores que creían que eso nunca se iba a conquistar”, asegura. De muchas maneras las universidades en el conurbano fueron erosionando de a poco la percepción que, desde los sectores populares, existía en torno a esa institución: “La universidad dejó de ser un monstruo para quienes estuvimos históricamente marginados y empezó a humanizarse”, observa.

Los abuelos de Cristian Godoy García llegaron a Villa La Rana -en el partido de General San Martín- desde Chaco, Santa Fe, Corrientes y Santiago del Estero, tras falsas promesas de una vida mejor. Dos de ellos son analfabetos y los otros dos alcanzaron los estudios primarios. “De todos los hermanos, la única que terminó el secundario fue mi mamá, que me tuvo a los 16 años. Tenía dos trabajos y, en paralelo, terminaba el secundario en una nocturna. Yo le entregué el diploma”, cuenta Cristian, que nació hace 27 años en el mismo barrio al que llegaron sus abuelos varias décadas atrás.

“Me dí cuenta y tomé conciencia de que los espacios que nos dejan a nosotros como villeros son únicamente la cárcel o una jornada laboral de 12 horas en una fábrica. Viendo que ninguna de las dos propuestas me cerraba, elegí estudiar”, cuenta, y explica que, del lado paterno, fue el primero en obtener el título secundario y el primero de toda la familia en llegar a la universidad. Está cursando Comunicación Audiovisual en la Universidad Nacional de San Martín -creada a principio de los ‘90- y ya tiene el título intermedio de periodista. “Estudiar es empoderarse. Lo que yo aprendo y a lo que yo accedo no me lo quedo y lo comparto. Vuelvo a la barriada y lo pongo arriba de la mesa para que los pibes y las pibas vean que es posible. La información es poder y, si no la comparto, es un poder que le es funcional a los sectores hegemónicos”, dispara. 

Por otro lado, Cristian cuenta que los dichos de Vidal le dieron “mucha bronca”. Sin embargo, como buen periodista, prefiere no responder, sino repreguntar: “¿Cuántos villeros hay en la universidad? ¿Por qué no llegamos?”. Aunque señala que el acceso “no pasa únicamente por la gratuidad de la educación, sino también por la contención”, no está de acuerdo con que “sobren las universidades públicas”. “Las universidades nacionales en la provincia facilitan mucho el acceso para otros sectores”, asegura. “Somos pocos porque, además de cargar con muchos estigmas y creer que no podemos o que no nos da la cabeza, tenemos que resolver otras cosas urgentes, como parar la olla”, agrega.

Para él, visibilizarse como villero en los espacios que ocupa -y la universidad, aclara, es uno de ellos- “es una responsabilidad”: “Es importante para mí, porque no es por mérito que yo llegué a donde estoy, sino por suerte. Hay muchos otros que también quisieron y se esforzaron, pero que se quedaron en el camino, que los mató la policía, por ejemplo, y que no pudieron”. 

Informe: Sibila Gálvez Sánchez.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/119050-entre-la-carcel-y-12-horas-en-una-fabrica-elegi-estudiar